Tigres con piel de oveja

Alejandro Gaviria, exministro de salud y actual rector de una de las universidades más prestigiosas del país, ha escrito sobre la pandemia. No es la primera vez que lo hace. Antes nos ha invitado a considerar el fallido modelo inglés de cultivar la inmunidad de rebaño (que casi le cuesta la vida al mismísimo primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson). Ahora, en su más reciente columna publicada en El Tiempo, se ocupa de la conveniencia o no de las cuarentenas prolongadas a la luz de lo que, en apariencia, podría ser un dilema ético. Y lo hace con una falsa pátina de compasión y mesura, muy habitual en sus intervenciones. No hay tal y veremos por qué.

Gaviria no quiere escribir sobre el futuro, como ya otros han hecho, sino proponer “una especie de reflexión moral” sobre tres dimensiones de la coyuntura: 1) los orígenes o explicaciones posibles sobre “todo esto”; 2) las soluciones o alternativas frente a ello; y, 3) los dilemas éticos que entrañan estas soluciones. Tales dilemas son, a su parecer, muy complejos, y bien podríamos evadirlos en un acto de cobardía política. Aunque no importa, al final tendremos que enfrentarlos.

Sobre el origen de “todo esto”, Gaviria nos dice lo que cree y lo que no: no cree que “esto” sea una venganza de la naturaleza, pero sí la consecuencia de ser una especie tan numerosa e interconectada. No cree que los seres humanos seamos, en sus palabras, una plaga; pero sí que el virus, también en sus palabras, es un invasor. No cree que la naturaleza elija ser vengativa, aunque sea cruel. La crueldad hace parte de la naturaleza misma, y el ser humano hace parte de esa Naturaleza (¿quizás debemos suponer, entonces, que no hay nada malo en la crueldad humana frente a la que, como creen los moralistas, la naturaleza se rebela?).

Gaviria cita a Houellebecq, que a su vez cita un párrafo de Schopenhauer, quien a su vez cita lo que cuenta el conocido naturalista Junghum sobre una escena dantesca que vio en Java: un campo cubierto de osamentas que creyó un campo de batalla.

En realidad, eran los esqueletos de grandes tortugas de cinco pies de largo y tres de alto y de ancho que, al salir del mar, toman ese camino para depositar sus huevos y son atacadas por perros salvajes que, uniendo sus fuerzas, las vuelcan, les arrancan el caparazón inferior y las conchas del vientre y las devoran vivas. Pero a menudo, en esos momentos, aparece un tigre y se abalanza sobre los perros. Esta desoladora escena se repite miles y miles de veces, año atrás año; para eso han nacido esas tortugas.

Para eso han nacido estas tortugas: para ser depredadas. Del mismo modo en que los perros han nacido para depredarlas con crueldad y ser depredados por los tigres. Esa cadena, que es la jerarquía de la crueldad, no es buena ni mala, justa o injusta. No lo es, porque, ya está visto, nada de esto es una fábula. La jerarquía de la crueldad, de repente tan evidente, desaparece cuando Gaviria se refiere a la especie humana.

Somos muchos y hemos ocupado buena parte del planeta; además, estamos interconectados de una manera casi increíble. Bastaría con examinar, por ejemplo, una prenda de vestir para darnos cuenta de que los materiales (las tintas, los hilos, los botones, la tela, etc.), involucran la cooperación de medio mundo. Esta cooperación ha tenido efectos positivos sobre nuestro bienestar material, pero, al mismo tiempo, nos ha hecho más vulnerables. La pandemia es probablemente una consecuencia de todo esto: somos una especie tan numerosa e interconectada que íbamos a ser invadidos en algún momento.

Las relaciones de poder propias del sistema de producción capitalista (un sistema depredador de tigres, perros y tortugas) no se presentan bajo la mirada de la crueldad y la explotación, sino de la cooperación. Tal vez sea demasiado descarnado decir que quienes trabajan esclavizados en las maquilas han nacido para eso, y sea más digerible (menos ¿inhumano?) suponer que todos los seres humanos, que somos muchos, ocupamos por igual buena parte del planeta y cooperamos entre sí para disfrutar, también por igual, de los efectos positivos que esta cooperación ha tenido sobre nuestro bienestar material. Gaviria expone la sociedad como si se tratase de la pequeña fábrica de alfileres del ejemplo de Adam Smith. Asume que las tortugas de este sistema se someten a la explotación (cooperan) guiadas por el objetivo de producir más ropa (o alfileres) y no, como realmente ocurre, por la pulsión natural de la supervivencia. Parece que Gaviria, como esa otra especie llamada “tecnócrata”, no solo gusta de citar sin contexto las interpretaciones que otros hacen de los autores originales, en lugar de remitirse a la fuente primaria (como Houellebecq con Schopenhauer), sino que también prefiere convertir en norma sus forzadas lecturas. También asume que la mal llamada cooperación ha traído un único efecto negativo: el de hacernos más vulnerables. No se detiene, sin embargo, en esas condiciones de vulnerabilidad, en sus jerarquías. Gaviria evade la discusión ética que promete. Y lo hace, quizás, por la razón que él mismo advierte al inicio: cobardía política.

La vulnerabilidad es el precio que debemos pagar por la cooperación y la interconectividad. Una vulnerabilidad manifiesta en la pandemia ocasionada por un virus invasor. Como invasor, el virus irrumpe con fuerza para ocupar el lugar que no le pertenece. Lo hace del mismo modo en que las familias desplazadas ocupan las periferias de las ciudades, esas que llamamos “barrios de invasión” y que, por cierto, justo durante esta emergencia están siendo desalojadas, expulsadas como el más temido de los virus.

Gaviria nos propone una distinción “sutil, pero importante”:

Una cosa es el llamado a cuidar nuestro planeta, a la sostenibilidad, a la conservación, a nuestra responsabilidad ética de preservar la biodiversidad por razones que incluso trascienden nuestro bienestar; otra cosa muy distinta es darle una interpretación casi religiosa a la pandemia, decir que lo merecíamos, que la Naturaleza está asumiendo una posición de legítima defensa.

Como el virus es el invasor, y no nosotros, la naturaleza no tiene nada que reclamar ni defender (¡habrase visto, los pájaros tirándoles a las escopetas!). Su distinción me recuerda lo dicho recientemente por la alcaldesa de Bogotá sobre esos que habitan los barrios de invasión: “no entregaremos ayudas bajo presión o vías de hecho”. Una cosa es que pensemos en “los más humildes” por razones que incluso trascienden nuestro bienestar, otra muy distinta es asumir que pueden asumir una posición de legítima defensa (¡desagradecidos!).

Esto es lo que Gaviria cree y no sobre el origen de “todo esto” que, por supuesto, se refiere únicamente al virus y no a las condiciones estructurales que hacen que este nos paralice. También confía en que la ciencia logrará explicar con detalle el origen del virus, que no supone un peligro definitivo para la especie humana. Sobreviviremos como los tigres que somos en esta jerarquía de la crueldad.

Gaviria da paso, entonces, a su segunda y tercera promesa: hacer una reflexión moral sobre las soluciones o alternativas para hacer frente a esta coyuntura y sobre los dilemas éticos que estas entrañan. Para ello nos habla ambigüamente de dos tipos de sufrimiento, sin que detalle en qué consisten y cuál es o no evitable. Solo nos da pistas: dice que el debate global está enfocado en minimizar el sufrimiento evitable. ¿Por qué, si es evitable, solo se minimiza? Suponemos que se refiere al contagio masivo por coronavirus y a las muertes que ocasiona, aunque la descripción le quede a la pobreza: ese sufrimiento evitable que nadie quiere erradicar sino disminuir. Gaviria no cree que el virus invasor se vaya así como así, por obra y gracia de una vacuna o un fármaco. “Probablemente existirán avances incrementales, nuevas medicinas que nos ayudarán en el proceso de adaptación, pero no resolverán todo el problema”. De nuevo, justo como ocurre con la pobreza.

Las cuarentenas no resuelven el problema, simplemente compran tiempo para la preparación y la reflexión. Los gobiernos enfrentan ahora una decisión más difícil, no entre la vida y la economía, sino entre las muertes por el coronavirus y las muertes y vidas arruinadas por la pobreza, otras enfermedades, el hambre, el hacinamiento y las consecuencias psicológicas de un encierro de muchos meses. La política social no resuelve plenamente el dilema. No puede hacerlo.

Gaviria asume la inevitabilidad de estas muertes como si todas ellas fueran igualmente ineludibles. Es decir, como si fuesen el resultado de fenómenos de comportamiento similar. Pero no lo son. La pobreza, el hambre y el hacinamiento, por ejemplo, no son enfermedades. Dañino es verlas como tal. Las enfermedades no se deben a unos responsables, aunque logremos en muchos casos identificar algunas de sus causas. Hay factores genéticos y ambientales que pueden hacernos más propensos a ellas y hábitos que nos ayudan a evitarlas. Pero no hay cómo esquivar del todo la enfermedad. Ni el más saludable de los estilos de vida nos hace exentos de ella. No ocurre así con la pobreza. Conocemos claramente sus causas y podemos señalar a sus responsables. No es, como dice Gaviria de la especie humana y del coronavirus, “el resultado de miles de contingencias imprevisibles”. Igualar estas muertes esquiva una vez más el debate ético. Tal vez por ello resulta fácil reconocer el fracaso y la incapacidad de las políticas sociales de un modelo que nunca se cuestiona.

Bajo ese modelo es posible la existencia de unos países desarrollados para los que, según Gaviria, no hay tal dilema. No ocurre así en los países que no se atreve a llamar pobres, sino “en desarrollo”, donde la defensa de una cuarentena estricta supone, según él, una suerte de incoherencia:

Protege las víctimas más visibles, las de Covid-19 (los acumulados aparecen todos los días en todas partes) e ignora simultáneamente a las víctimas invisibles como consecuencia de una medida que ha perturbado la vida de todos y, en particular, de los más vulnerables. […] Las cuarentenas prolongadas, como lo afirmaron esta semana dos investigadores de la Universidad de Harvard, Richard Cash y Vikram Patel, pueden hacer mucho más daño que bien, incrementan el sufrimiento evitable y atentan contra la equidad y la justicia social.

Asume, pues, que hay unas víctimas cuya visibilidad está dada por la exposición mediática y constante como cifra. Nada más errado. ¿O acaso son visibles los líderes sociales asesinados solo porque actualizamos a diario el contador del genocidio? ¿No han sido las cifras de la pobreza y su caprichosa definición las que han aplanado a fuerza (y solo en el papel) la curva de la miseria? Gaviria nos dice, amparado en “los expertos”, que las cuarentenas son nuestro nuevo mal. De repente, logran en tan solo un mes incrementar la inequidad y la injusticia social aunque, según la OCDE, en condiciones normales nos tome once generaciones salir de la pobreza (unos 330 años).

Finalmente, Gaviria nos dice que los dilemas éticos no tienen una solución fácil. Y como no es fácil y las cuarentenas pueden también causarnos mucho daño, propone una vía intermedia, para él necesariamente utilitarista, aunque vergonzosa:

Una apertura prudente, con más pruebas, metas claras que obliguen a regresar al confinamiento cuando la utilización hospitalaria esté cerca del límite, que tenga en cuenta las diferencias territoriales, ponga una atención especial en ancianatos, cárceles y hospitales, promueva el distanciamiento físico y presenta de manera clara la información y los modelos es probablemente la mejor solución.

Una apertura prudente que requiere la intervención de la política social. Esa que, líneas antes, ha declarado incapaz de resolver el dilema. Pero quiero ir más allá: ¿lo que plantea Gaviria es realmente un dilema ético? Los dilemas éticos son problemas decisorios entre dos imperativos morales posibles sin que ninguno sea necesariamente más deseable. Por ejemplo, puedo elegir robar un medicamento costoso para salvar la vida de alguien o sacrificar la vida de esa persona a cambio de mantenerme firme al principio de no robar.

El dilema de Gaviria nos enfrenta a dos escenarios: alargar la cuarentena total para evitar las muertes por coronavirus, aunque eso implique sacrificar a algunos (los que morirán a causa de la pobreza, el hambre, el hacinamiento, etc.); o permitir la reactivación del sector productivo para evitar estas muertes, aunque eso implique poner en riesgo a la mayoría por cuenta del coronavirus. El problema es que ninguno de ellos es un imperativo ético. Lo sería si una u otra opción nos obligara a elegir, como plantea Gaviria, entre salvar la vida de algunos (los invisibles) y la vida de la mayoría (los visibles). No es así, los sacrificados en uno y otro caso son los mismos y, como plantea de raíz, es imposible salvarlos. Si bien el virus no hace distinciones por sí mismo, su letalidad no es ajena a las condiciones de pobreza. La cuarentena es sostenible solo para quien, como Alejandro Gaviria, no tiene que elegir entre morir por el virus o morir de hambre (y es sostenible, claro, porque hay tortugas que nacieron para soportar la cadena depredadora de perros y tigres); del mismo modo en que la apertura gradual significará el fin de la cuarentena solo para quien, además de enfrentar el riesgo de contagio, tiene que volver a la calle, al ruedo del sistema productivo, para no morir de hambre.

A las vulnerables tortugas, visibles e invisibles por igual, les queda un consuelo que Gaviria, con natural crueldad, pone en palabras de Nicanor Parra: “Todo hombre es un héroe por el solo hecho de morir. Y los héroes son nuestros maestros”. Para fortuna de quienes concentran la riqueza, los tigres no nacieron para ser seducidos por esta gloria común.

Comments 19

  • MauroMaloR dice:

    Usted y su noviecito son igual de patéticos. Acaso siendo conscientes de lo baladíes que son sus ideas (en este caso: no basta con medidas de salud pública si no se resuelven las condiciones estructurales de desigualdad que hacen más vulnerables a unos que a otros frente al coronavirus y al hambre), son incapaces de articularlas fuera de una controversia. Saben que no tendrían el mismo alcance. Necesitan desesperadamente de un blanco de sus críticas. Alguien que goce de la notoriedad de la que ustedes carecen. Ojalá una persona admirada por logros que para ustedes son inalcanzables. Seleccionado el objetivo, se inventan diatribas ridículas que no son más que una concatenación de los lugares comunes de la indignación. Las usan para sentirse superiores a esas personas que jamás alcanzarán. Algunos de sus fieles seguidores les confirman que, en efecto, ustedes son más sabios, más virtuosos, más incisivos que esas personas que sí han hecho cosas admirables con sus vidas. Se sienten bien por un ratico. ¿Y luego? Luego viene la respuesta de quienes, inicialmente, no eran interlocutores, sino presas. Los desbaratan con tres frases. Pero el ejército de trolls también se adueña de lo que nunca pretendió ser un debate y les empiezan a dar a ustedes el mismo trato que dispensaron. Entonces, como si se tratara de una coreografía, ustedes simplemente cierran sus redes. Vuelven, adornados de la cobardía que los caracteriza, al anonimato del que pueden disfrutar porque no son nadie. Pierden el partido y se llevan el balón. Mi consejo es que se queden en su insignificancia para siempre. Ahórrennos sus pueriles ataques retóricos carentes de contenido y dejen la amargura que los caracteriza. ¿O es que no les sirve para nada el yoga?

  • Cesar dice:

    Lindo escrito, se lee rápido y está bien relacionado todo. Se entiende bien por qué no es un dilema lo que plantea Alejandro Gaviria. Además, el formato de la página me parece muy bonito.

  • Tilon dice:

    No sé, la verdad, qué esperaban de un artículo en El Tiempo.

  • @castillolilo dice:

    Casi nunca comento, leo, aprovecho y me voy. Como en Twitter evito esos cruces desgastantes. Así iba a hacer, vine de la red donde le sigo feliz. Luego vi los comentarios y me tocó hacerme auto-terapia y decirle que hace una escrupulosa develación de esos discursos intelectualoides que sólo intervienen para explicar porque todo debe seguir igual. Lo escribo para equilibrar a quien le comenta con ideas iguales y peores que AG. Entonces, gracias, de verdad.

    • Cesar dice:

      Lindo escrito, se lee rápido y está bien relacionado todo. Se entiende bien por qué no es un dilema lo que plantea Alejandro Gaviria. Además, el formato de la página me parece muy bonito.

  • Mario L. dice:

    Gracias a twetter llegue acá, el artículo es interesante y tiene puntos que invitan a replantear lo dicho por Gaviria, lastima la postura que él tomo para responder. Sin embargo, hay puntos en este artículo que sufren de lo mismo que cuestiona:
    Resalta el sesgo de Gaviria con “la jerarquía de la crueldad” al referirse a lo hecho por la especie humana como cooperación e interconectividad, como si estos no fuera parte de dicha jerarquía; pues el sistema capitalista es sin duda un depredador voraz; pero, al continuar, defiende la misma idea de Gaviria con otro argumento; el ser humano no hace parte de un sistema de crueldad en la naturaleza, es el capitalismo el problema, afirmando que ” quienes trabajan esclavizados en las maquilas han nacido para eso”; pero no fue el ser humano quién creo el capitalismo, no es el mismo ser humano parte de la naturaleza que es cruel ¿por qué los homo sapiens deberían ser la excepción de las reglas de supervivencia que rigen a otras especies? Ni Gaviria, ni la redactora de esta crítica se responden esta pregunta.

    Continua, mostrando los problemas de considerar la vulnerabilidad como resultado de lo que Gaviria llama cooperación e interconectividad, en dónde el virus sería un invasor; aquí hace una comparación que si bien revela un gran problema social, nada tiene que ver con lo que desarrollado por Gaviria, pues las familias desplazadas que llegan a ocupar lugares denominados “barrios de invasión” no pueden clasificarse como un asunto de salud, ni algo que atente a la misma; tampoco a porta el dato de que varias familias están siendo desalojadas en este momento (aunque es desgarrador e inhumano) a lo planteado por el exministro; retomando lo que dice Gaviria el virus es un invasor de una especia que funciona en base a la cooperación e interconectividad; las familias desplazadas son parte de la especie y su situación deviene de la falta de cooperación de la misma especie y no por agente diferente como sería el virus.
    Al seguir cuestionando, dice que ” Gaviria nos propone una distinción sutil, pero importante”, dicha distinción surge porque Lizeth dota a la naturaleza de una conciencia que juzga las acciones humanas e impone defensas y castigos a las mismas; por lo cual, resulta lógico que se contraponga a la visión de Gaviria en la cuál manifiesta la importancia que debemos darle a la Naturaleza, pero que no se debe pensar en está como un ente con conciencia que juzga y planea ataques. Y además vuelve a traer hechos que no se relacionan, pero que pueden generar indignación en el lector, pues la situación de las familias desplazadas y las medidas tomadas por los gobernantes de turno, obedecen al ámbito social creado por la misma especie y no por un orden natural.
    Prosigue, y hace una buena demostración de la visión reductiva que ofrece Gaviria en su artículo, el virus puso de manifiesto las fallas de el sistema social humano que hace mucho se están presentes y no obedecen a la aparición del virus. Sin duda, Covid-19 no llevaran a la aniquilación total de la especie, se encontrará la manera de sobrevivir y adaptarse y está capacidad no es solo humana, sino que se comparte de muchas otras especies, para así continuar con esa “jerarquia de crueldad” que es la vida.
    Ahora, se sigue analizando las promesas que hizo Gaviría para tener reflexiones morales y sus consecuencias éticas, y se pone de manifiesto la falta de claridad de Gaviria a la hora de desarrollar los tipos de sufrimiento que el mismo postula, al finalizar su columna quedamos con la incógnita de saber cual sufrimiento es evitable y porque sólo se lo plantea mitigarlo; como dice Lizeth, se pondría pensar que se hace referencia al contagio masivo que ofrece el coronavirus y a las muertes que puede dejar; pero esa misma incógnita nos deja la la asociación que se hace entre pobreza y los efectos del covid-19, como bien se especifica en esa parte “la descripción de pobreza se ajusta a un mal que no se quiere erradicar sino disminuir” y parece que eso es lo único que basta, que la una descripción sea similar a otra para establecer una asociación, que bien podría generar indignación en lector otra vez; pero el análisis se queda en las similitudes y no en las diferencias; los expertos han sido claro es las dificultades que conlleva crear una vacuna y un tratamiento, específicamente el tiempo que llevaría y las dificultad que presenta los virus y la velocidad en que estos actúan y se transforman, por otro lado la pobreza es un tema bastante estudiado y la erradicación de la misma obedece más a la falta de cambios de fondo en sistema obsoleto.

    Resulta curioso, como Lizeth critica el que Gaviria plante las muertes por enfermedad como similares a la pobreza, el hambre y el hacinamiento, diciendo que es dañino tener esa concepción, pero antes realizo una asociación entre pobreza y el covid-19 justificándola en tener descripciones similares. Comparto la idea de que igualar fenómenos elude el debate ético y de la importancia de cuestionar esas prácticas para no caer en lo que se cuestiona.

    Para ir concluyendo, el artículo se centra en las propuestas de la columna de Gaviria , y aquí aparecen señalamientos que carecen de argumentos, se dice que Gaviria no cree que haya dilema en los países “desarrollados” lo cual no es del todo cierto, en la columna original al llegar a este tema se especifica “esa puede ser una opción en los países desarrollados o con grandes capacidades tecnológicas, pero no en los países en desarrollo” dejando abierta la posibilidad y no negando estrictamente un dilema; se cuestiona el uso de “países en desarrollo” en lugar de “pobres”, lo cual no merece ser resaltado. En cuanto, a la visibilidad obtenida por exposición mediática de las victimas del covid-19 vs de las cuarentena, se centra en que la visibilidad no se gana solamente con cifras ni mucho menos se soluciona, trayendo problemáticas que no se tratan en la columna que hace referencia e infravalorando el aporte de las cifras para ayudar a visibilizar diferentes problemáticas, curiosamente se usa la cifra dada por la OMS para superar la pobreza como apoyo de un argumento que desdeña el apoyo de las mismas.
    Y finaliza, Cuestionando lo propuesto por Gaviria; primero se cuestiona sí lo planteado es un dilema ético (se nos da la definición) y se concluye que no, puesto que los sacrificados por las medidas de cuarentena vs reactivación serían los mismos en opinión de Lizeth. Aquí, hay una mala comprensión en cuanto a lo que es un dilema ético, pese a que se nos da la definición, esta se reinterpreta para usarse como argumento, agregando algo no contiene, pues se da entender que los escenarios a elegir en un dilema deben ser diferentes para considerar valido el dilema, lo cual es falso, la misma definición dada nos dice que los escenarios deben ser no deseables, no diferentes; el dilema planteado por Gaviria no diferencia poblaciones, pero si diferencia cantidades, dice que a las victimas de contagio por coronavirus se deberían agregar las victimas de pobreza, hambruna y hacinamiento debido a la cuarentana; de ahí que resalte de que ninguna alternativa es buena, pero una dejaría más victimas y por ende sea un dilema. También, es la misma autora del artículo quien explica que “la letalidad del virus no es ajena a las condiciones de pobreza”, por lo cual es extraño que afirme tan fervientemente que lo planteado no es un dilema.
    Es claro que, la cuarentena no es sostenible para muchas personas, y que la mayoría de la población debe elegir entre el contagio o padecer hambre, gracias a un injusto sistema social; y es en este último en lo que se centra el artículo de Lizeth, y en lo que falla al hacer una critica a la columna de Gaviria, la cual esta centrada completamente en como hacer frente a la emergencia sanitaria por el Covid-19 y tratar de mitigar las consecuencias del mismo y no, en nombrar algunas de las fallas del sistema social; ciertamente la visión de Gaviria es reduccionista, pero como la misma Lizeth dice en su artículo “con la pobreza conocemos claramente sus causas y podemos señalar a sus responsables”; ni las causas, ni los responsables estaban en la columna de Alejandro y de ahí que su critica se encuentre a medio camino de lo que pudo ser, sino hubiera perdido su objetivo.

    PD: Gracias a la persona que se anime a leer todo esto.

  • Daniela Escobar dice:

    Amigos, aquí un ejemplo de cómo no “desmenuzar” un artículo con miras a acabarlo. Una cosa es hacer una crítica válida al texto, dentro del tema, la lógica y el método que allí se imprimen, y otra muy distinta es encontrarle aristas a cada una de las sílabas para derrotar al autor. Parece mentira, pero la autora es audaz en sus falacias: Gaviria habla de la innecesaria explicación “religiosa” del origen de la pandemia y la autora inmediatamente asocia esto a un concepto de antropocentrismo malévolo en el que los humanos desconocen su papel en la Naturaleza y el papel de esta en el orden de las cosas, solo por dar un ejemplo. Además, pareciera darle una especie de consciencia al virus. En fin, un arrebato de texto. Y se excede en el uso de las comas.

    • Lacorrecta dice:

      Bueno, ya que está criticando las comas, venga yo le enseño un par de truquitos estilísticos. Pues, como para poner un ejemplo de cómo no defender a un burócrata desde la pequeñez intelectual y gramatical (cosa de la que usted no tiene la culpa, pero de la que se merece crítica por intentar desacreditar el estilo de escritura de la autora desde un comentario tan pobre —entenderá que aquí lo de vulnerable o necesitado no pega—):

      1. Las comillas que se usan en nuestra lengua son las españolas. Así que debió escribir: «desmenuzar», «religiosa».

      2. Hay un error de concordancia nominal en esta expresión: «encontrarle aristas» [error]. Lo correcto es: «encontrarles aristas».

      3. Faltaron las comas explicativas en este fragmento:
      «(…) y otra muy distinta es (…)» [error].
      Forma correcta:
      «y otra, muy distinta, es (…)».

      4. A este texto no solo le faltan unas comas, sino que tiene un estilo que funcionaría bien en un chat de amigos (uso vulgar), pero que no da la talla como comentario crítico (uso culto). Unos ajustes en palabras repetidas, términos, etc., y hasta queda decente. Veamos:

      «Gaviria habla [feo] de la innecesaria explicación “religiosa” [SIC] del origen de la pandemia y la autora inmediatamente [feísimo, faltaron comas explicativas] asocia esto [feo] a un concepto de antropocentrismo malévolo en el que los humanos desconocen su papel en la Naturaleza y el papel [repite] de esta en el orden de las cosas». [texto pobre].

      «Gaviria escribe sobre la innecesaria explicación religiosa del origen de la pandemia, pero la autora asocia su idea a un concepto de antropocentrismo malévolo en el que los humanos desconocen su papel en la Naturaleza [se deja por estilo], así como el de esta en el orden de las cosas».

      Espero que esta sí le parezca una «crítica válida», amiga.

      • Brian Molina dice:

        Su critica sobre las comillas es casi tan forzada o rebuscada como este mismo artículo. Irónicamente a quién usted pretende defender también habría «incurrido» en eso mismo (aquí solo las uso para, de manera generosa, darle gusto a usted).

      • Hugo dice:

        La expresión “encontrarle aristas a cada una de las cosas” está bien escrita, pues el sufijo de complemento indirecto “le” concuerda con “cada una de…”, el cual es un pronombre en singular. “Aristas”, por su parte, es el complemento directo, no tiene relación alguna con el sufijo “le”.

        Seguro vio mal y en el afán de encontrar errores cometió un error. Me pasa mucho.

        Fuera de esto, a mí la crítica de Daniela también me parece un despropósito, tanto como andar corrigiéndole el estido a un blog personal de internet y a sus comentarios.

    • David dice:

      Como Daniela, los opinólogos expertos con pretensiones de filósofos y críticos gramáticos se disponen pronto a aleccionarnos. Sigan balbuceando que el texto de Lizeth es bueno y está bien escrito. Solo tiene un error: “Excentos”. De resto dejó claro que ella sabe pensar y escribir, y que Alejandro Gaviria es un mediocre y un diletante sin talento que posa de académico.

  • Miguel dice:

    Columna mal intencionada, se desvían los puntos que toca Gaviria para hacerlo quedar mal. Más que contraargumentar la perspectiva de Gaviria sobre la pandemia y las consideraciones que él plantea, se nota un afán de atacarlo y reducirlo a un personaje dantesco y cruel.

    • David Rico dice:

      Muy buen escrito. Audaz, crítico e irónico. Era necesario contestarle de esta forma a este ídolo de barro, pretencioso y engreído con ínfulas de pensador. La autora cogió al autor y lo redujo al absurdo, al absurdo que él mismo es.

  • Peter Kiel dice:

    Bastante mediocre esta crítica, de fondo y de forma.
    La columna de Gaviria tiene sus problemas, pero este escrito suyo es muy malo.

    • Dionisio dice:

      El sufijo ético en que soporta el aparente dilema desconoce un hecho natural. La desigualdad se presenta en todas las especies de la naturaleza, y la humana no es la excepción. Belleza, fuerza, rapidez… Habilidad para hacer negocios?.
      Es cierto que la columna criticada no plantea, ni resuelve, un dilema ético, si uno de política económica y social, sin que al final entregue una posición final, esperable por ser el autor quien es. Pero su columna, muy bien escrita, tampoco.

  • Luis Santiago Jaramillo dice:

    Muchísimas gracias por este texto (llegué a él por casualidad) pero creo que ayuda a poner en palabras muchísimas cuestiones económicas, sociales y culturales (que es irracional que no comprendamos), pero que con Gaviria son especialmente difíciles de ver porque hay una cuestión formal en la que el man se presenta como un intelectual humanista y distrae a quien lo lee (a través de citas constantes de Parra, Idea Vilariño, Schopenhauer e implícitas sobre ecología e incluso Marx jajaja) para terminarnos diciendo casi que “el pobre es pobre por que quiere”… En fin, qué tristeza, pero qué alegría leerlo.

    • Daniela Montana dice:

      Mediocre tu análisis. Lleno de etiquetas amañadas, sobre interpretaciones y un tono soberbio, como si supieras como son las cosas, pero nunca logras decir como son el realidad. Se puede hacer una critica a la postura economista/cientificista de Gaviria mucho mejor que esta, ya que si es cierto que el ve el mundo desde su (de) formación profesional, todos lo hacemos, pero este análisis no la logra y se lee más como un ataque sesgado y resentido que algo más. Y esos símiles que?

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